Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡No se te ocurra mentirme, viejo espectro! —repuso—. Me llamo Tristan l’Hermite y soy compadre del rey. Tristan l’Hermite, ¿me oyes? —Mirando la plaza de Grève, añadió—: Es un nombre que tiene bastante eco aquÃ.
—Aunque fuerais Satán l’Hermite —replicó Gudule, que estaba recobrando la esperanza—, no tendrÃa otra cosa que deciros ni tendrÃa miedo de vos.
—¡Voto a Dios! —exclamóTristan—. ¡La joven bruja se ha escapado! ¿Y por dónde se fue?
Gudule respondió en un tono despreocupado:
—Por la calle Mouton, creo.
Tristan volvió la cabeza e indicó a sus hombres que se prepararan para reanudar la marcha. La reclusa respiró.
—Monseñor —dijo de pronto un arquero—, preguntadle a la vieja por qué los barrotes de la lucera están tan rotos.
Esta pregunta devolvió la angustia al corazón de la miserable madre. Sin embargo, no perdió del todo la presencia de ánimo.
—Siempre han estado asà —balbució.
—¡Ya! —repuso el arquero—. TodavÃa ayer formaban una hermosa cruz negra que inspiraba devoción.
Tristan dirigió una mirada de soslayo a la reclusa.