Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Creo que la comadre se pone nerviosa!
La desventurada presintió que todo dependÃa de su aplomo y, con el corazón en un puño, se echó a reÃr. Las madres poseen esa fortaleza.
—¡Bah! —dijo—. Ese hombre está borracho. Hace más de un año que la trasera de una carreta cargada de piedras chocó contra la lucera y rompió los barrotes. ¡Cómo maldije al carretero!
—Es verdad —dijo otro arquero—, yo estaba allÃ.
En todas partes hay gente que lo ha visto todo. Aquel testimonio inesperado del arquero animó a la reclusa, a quien el interrogatorio hacÃa atravesar un abismo por el filo de un cuchillo.
Pero estaba condenada a una alternancia continua de esperanza y de alarma.
—Si una carreta hubiera hecho eso —repuso el primer soldado—, los trozos de los barrotes deberÃan estar doblados hacia dentro y no hacia fuera, como en realidad están.
—Tienes olfato de instructor del Châtelet —le dijo Tristan al soldado—. ¡Eh, vieja, responded a lo que dice!
—¡Dios mÃo! —exclamó la reclusa sintiéndose acorralada, con voz, muy a su pesar, llorosa—. Os juro, monseñor, que fue una carreta lo que rompió los barrotes. Habéis oÃdo decir a ese hombre que lo vio. Además, ¿qué tiene que ver eso con la egipcia que buscáis?