Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Hum! —masculló Tristan.
—¡Diablos! —exclamó el soldado, halagado por el elogio del preboste—. ¡Es evidente que el hierro está recién roto!
Tristan meneó la cabeza. Ella palideció.
—¿Cuánto tiempo decÃs que hace de lo de la carreta?
—Un mes, quince dÃas quizá, monseñor. ¡Ya no me acuerdo!
—Antes dijo más de un año —observó el soldado.
—¡Esto es sospechoso! —dijo el preboste.
—¡Monseñor! —gritó ella, pegada a la lucera y temiendo que la sospecha los empujara a meter la cabeza a través de ella para mirar el interior de la celda—. Monseñor, os juro que fue una carreta la que rompió la reja. ¡Os lo juro por todos los santos ángeles del paraÃso! ¡Si no fue una carreta, quiero ser eternamente condenada y reniego de Dios!
—¡Juras con mucho apasionamiento! —dijo Tristan con su mirada de inquisidor.
La pobre mujer sentÃa desvanecerse cada vez más su aplomo. Estaba cometiendo errores y se daba cuenta con terror de que no decÃa lo que deberÃa decir.
En ese momento llegó otro soldado gritando: