Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Monseñor, la vieja miente! La bruja no se ha escapado por la calle Mouton. La cadena de la calle ha estado echada toda la noche y el guardacadenas no ha visto pasar a nadie.
Tristan, cuya expresión se tornaba cada vez más siniestra, preguntó a la reclusa:
—¿Qué tienes que decir a esto?
Ella intentó plantar cara a este nuevo revés:
—Que no lo sé, monseñor, que quizá me haya equivocado. En realidad, creo que ha cruzado el rÃo.
—Es el lado opuesto —dijo el preboste—. No parece lógico que haya querido volver a la Cité, que es donde la perseguÃan. ¡Mientes, vieja!
—Además —añadió el primer soldado—, no hay ninguna barca ni a este lado del rÃo ni al otro.
—Lo habrá cruzado a nado —replicó la reclusa, defendiendo el terreno palmo a palmo.
—¿Acaso nadan las mujeres? —dijo el soldado.
—¡Voto a Dios! ¡Mientes, vieja! ¡Mientes! —exclamó Tristan, encolerizado—. Me entran ganas de dejar a la bruja y colgarte a ti. Un cuarto de hora de tortura tal vez te arranque la verdad del gaznate. ¡Andando! ¡Vas a venir con nosotros!
Ella se agarró a estas palabras con avidez.