Nuestra Señora de París

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—Como queráis, monseñor. Adelante, adelante. La tortura, sí. ¡Llevadme! ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Vayámonos ya!

«Mientras tanto —pensaba—, mi hija escapará.»

—¡Vive Dios! —dijo el preboste—. ¡Qué apetito de potro! No entiendo a esta loca.

Un viejo soldado de la guardia con el pelo gris se adelantó y le dijo al preboste:

—¡Efectivamente, está loca, monseñor! Si ha dejado escapar a la egipcia, seguro que no ha sido por gusto, pues no le tiene ninguna simpatía a las egipcias. Hace quince años que hago la ronda y todas las noches la oigo renegar de las mujeres gitanas y proferir maldiciones interminables. Y si la gitana a la que estamos persiguiendo es, como creo, la joven bailarina de la cabra, a esa la detesta especialmente.

Gudule hizo un esfuerzo y dijo:

—A esa especialmente, sí.

El testimonio unánime de los hombres de la guardia confirmó al preboste las palabras del viejo soldado. Tristan l’Hermite, perdiendo la esperanza de sacar nada en claro de la reclusa, le volvió la espalda. Ella lo vio, con una ansiedad inenarrable, dirigirse lentamente hacia su caballo.


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