Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París —Vamos —decía entre dientes—. ¡En marcha! Sigamos buscando. No descansaré hasta que la egipcia esté colgada.
Sin embargo, vaciló todavía un momento antes de montar en el caballo. Gudule palpitaba entre la vida y la muerte viéndolo pasear alrededor de la plaza aquel rostro inquieto de perro de caza que siente cerca la madriguera del animal y se resiste a alejarse. Finalmente, meneó la cabeza y montó. El corazón tan horriblemente comprimido de Gudule se dilató, y la mujer dijo en voz baja dirigiendo una mirada a su hija, cosa que no se había atrevido a hacer desde que los soldados estaban allí:
—¡Salvada!
La pobre muchacha había permanecido todo aquel tiempo en su rincón, sin respirar apenas, totalmente inmóvil, con la idea de la muerte ante ella. Había asistido a la escena entre Gudule y Tristan, y todas las angustias de su madre las había vivido ella también. Había oído los crujidos sucesivos del hilo que la tenía suspendida sobre el abismo, había creído veinte veces verlo romperse, y por fin comenzaba a respirar y a sentir los pies en tierra firme. En ese momento oyó una voz que le decía al preboste: