Nuestra Señora de París

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—¡Cuernos! Señor preboste, no es cosa mía, que soy hombre de armas, colgar brujas. La revuelta de la canalla ya está sofocada. Dejo ese trabajo para vos. Os parecerá bien que vaya a reunirme con mi compañía, puesto que se encuentra sin capitán.

Aquella era la voz de Phoebus de Châteaupers. Lo que Esmeralda sintió es indescriptible. ¡Así que estaba él allí, su amigo, su protector, su apoyo, su refugio, su Phoebus! Se levantó, y antes de que su madre hubiera podido impedírselo se había abalanzado hacia la lucera gritando:

—¡Phoebus! ¡A mí, Phoebus!

Phoebus ya no estaba. Acababa de doblar al galope la esquina de la calle Coutellerie. Pero Tristan aún no se había ido.

La reclusa se precipitó sobre su hija con un rugido. La echó violentamente hacia atrás, clavándole las uñas en el cuello. Una tigresa no defiende mejor a sus cachorros. Pero era demasiado tarde. Tristan la había visto.

—¡Vaya, vaya! —exclamó con una risotada que mostraba todos sus dientes y asemejaba su cara al hocico de un lobo—. ¡Dos ratones en la ratonera!

—Me lo figuraba —dijo el soldado.

Tristan le dio unas palmadas en el hombro.

—¡Eres un buen gato! —dijo—. Vamos. ¿Dónde está Henriet Cousin?


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