Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Un hombre que no iba vestido de soldado ni tenÃa aspecto de tal se adelantó. Llevaba un traje gris y marrón, mangas de cuero y un paquete de cuerdas en sus grandes manos. Ese hombre acompañaba siempre a Tristan, el cual acompañaba siempre a Luis XI.
—Amigo —dijo Tristan l’Hermite—, supongo que es la bruja que buscábamos. Cuélgala. ¿Has traÃdo la escalera?
—Hay una allÃ, en el cobertizo de la Casa de los Pilares —respondió el hombre—. ¿Es en esa justicia donde vamos a hacerlo? —preguntó, señalando el patÃbulo de piedra.
—SÃ.
—¡Ja, ja, ja! No vamos a tener que andar mucho —dijo el hombre, con una sonora risa todavÃa más bestial que la del preboste.
—¡Date prisa! —dijo Tristan—. Ya reirás después.