Nuestra Señora de París

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La reclusa, mientras tanto, no había dicho una palabra desde que Tristan había descubierto a su hija y ya no quedaba ninguna esperanza. Había arrojado a la pobre egipcia medio muerta a un rincón del sepulcro y se había colocado de nuevo en la lucera, con las manos apoyadas como dos garras en el alféizar. En esa actitud, se la veía pasear intrépidamente sobre todos aquellos soldados la mirada, que se había vuelto otra vez feroz y extraviada. Cuando Henriet Cousin se acercó al cubículo, le puso una cara tan salvaje que le hizo retroceder.

—Monseñor —dijo este acercándose al preboste—, ¿a cuál hay que coger?

—A la joven.

—Menos mal, porque la vieja parece dura de pelar.

—¡Pobre bailarina de la cabra! —dijo el viejo soldado de la guardia.

Henriet Cousin se acercó a la lucera. Incapaz de sostener la mirada de la madre, dijo con bastante timidez:

—Señora…

Ella lo interrumpió con una voz muy baja y furiosa:

—¿Qué quieres?

—No es a vos —respondió—, es a la otra.

—¿A qué otra?

—A la joven.


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