Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Ella se puso entonces a mover de un lado a otro la cabeza gritando:
—¡No hay nadie! ¡No hay nadie! ¡No hay nadie!
—Sà —insistió el verdugo—, lo sabéis perfectamente. Dejadme coger a la joven. A vos no quiero haceros daño.
Ella repuso con una risa extraña:
—¡Ah! ¡A mà no quieres hacerme daño!
—Dejadme a la otra, señora. Es la voluntad del señor preboste.
La vieja repitió con expresión perturbada:
—¡No hay nadie!
—¡Os digo que sÃ! —replicó el verdugo—. Todos hemos visto que erais dos.
—¡Ven y mira! —dijo la reclusa, riendo—. Mete la cabeza por la lucera.
El verdugo observó las uñas de la madre y no se atrevió.
—¡Date prisa! —gritó Tristan, que acababa de colocar a su tropa en cÃrculo alrededor del Agujero de las Ratas y permanecÃa a caballo junto al patÃbulo.
Henriet, sintiéndose muy incómodo, se acercó de nuevo al preboste. HabÃa dejado la cuerda en el suelo y, con gesto torpe, daba vueltas al sombrero que tenÃa entre las manos.