Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Monseñor —le preguntó—, ¿por dónde entro?
—Por la puerta.
—No hay puerta.
—Pues por la ventana.
—Es demasiado estrecha.
—Entonces, ensánchala —dijo Tristan, encolerizado—. ¿No tienes picos?
Desde el fondo de su antro, la madre, en la misma actitud, miraba. Ya no esperaba nada, ya no sabÃa lo que querÃa, pero desde luego no que le quitaran a su hija.
Henriet Cousin fue a buscar al cobertizo de la Casa de los Pilares la caja de los útiles para las ejecuciones. Cogió también la escalera de tijera y la colocó inmediatamente junto al patÃbulo. Cinco o seis hombres del prebostazgo se armaron de picos y palancas, y Tristan se dirigió con ellos hacia la lucera.
—Vieja —dijo el preboste con severidad—, entréganos a esa muchacha por las buenas.
Ella lo miró como si no entendiera lo que decÃa.
—¡Voto a Dios! —exclamó Tristan—. ¿Qué interés tienes en impedir que colguemos a esa bruja, como es deseo del rey?
La miserable se echó a reÃr con su risa feroz.
—¿Que qué interés tengo? Es mi hija.