Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs El tono en el que pronunció esta frase hizo estremecer al propio Henriet Cousin.
—Lo siento mucho —replicó el preboste—, pero es el deseo del rey.
Ella gritó, riendo con más ferocidad aún:
—¿Qué me importa a mà tu rey? ¡Te digo que es mi hija!
—Perforad la pared —dijo Tristan.
Para practicar una abertura suficientemente grande, bastaba retirar un sillar justo debajo de la lucera. Cuando la madre oyó los picos y las palancas minando su fortaleza, profirió un grito aterrador y se puso a dar vueltas a una velocidad increÃble por la celda, costumbre de animal salvaje adquirida en aquella jaula. No decÃa nada, pero sus ojos despedÃan llamas. Los soldados estaban en el fondo de su corazón helados.
De pronto cogió el adoquÃn, rió y lo arrojó con las dos manos contra los trabajadores. La piedra, lanzada con torpeza, pues las manos le temblaban, no alcanzó a nadie y fue a parar a los pies del caballo de Tristan. Gudule hizo rechinar los dientes.