Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Aunque el sol no había salido del todo, ya había claridad. Una bella luz rosada alegraba las viejas y carcomidas chimeneas de la Casa de los Pilares. Era la hora en que las ventanas más madrugadoras de la gran ciudad se abren alegremente en los tejados. Algunos villanos y algunos fruteros que iban al mercado en su burro empezaban a atravesar la Grève, se detenían un momento ante el grupo de soldados apiñados alrededor del Agujero de las Ratas, lo miraban extrañados y pasaban de largo.

La reclusa había ido a sentarse junto a su hija y, con la mirada perdida en el vacío, la cubría con su cuerpo y escuchaba a la pobre criatura, que no se movía y murmuraba en voz baja una única palabra:

—¡Phoebus! ¡Phoebus!

A medida que el trabajo de los demoledores parecía avanzar, la madre retrocedía maquinalmente y apretaba cada vez más a su hija contra la pared. De repente la reclusa vio moverse la piedra (pues vigilaba atentamente y no apartaba la vista de ella) y oyó la voz de Tristan animando a los trabajadores. Entonces salió del abatimiento en que había caído hacía un rato y se puso a gritar, y mientras hablaba, su voz pasaba de desgarrar los oídos como una sierra a balbucir, como si todas las maldiciones se hubieran agolpado en sus labios para estallar a la vez.


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