Nuestra Señora de París

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—¡Aaaaah! ¡Esto es horrible! ¡Sois unos bandidos! ¿De verdad vais a quitarme a mi hija? ¡Os digo que es mi hija! ¡Cobardes! ¡Despreciables verdugos! ¡Miserables canallas y asesinos! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! Pero ¿es que van a quitarme a mi hija así? ¿Quién es, entonces, ese al que llaman Dios?

Dirigiéndose a Tristan, echando espumarajos por la boca, con los ojos extraviados, a cuatro patas como una pantera y totalmente erizada, continuó:

—¡Acércate un poco para quitarme a mi hija y verás! ¿No comprendes acaso que esta mujer te dice que es su hija? ¿Sabes tú lo que es tener un hijo? ¡Eh, lobo carnicero!, ¿no has yacido nunca con tu loba? ¿Nunca has tenido un lobezno? Y si tienes crías, ¿no se te remueven las entrañas cuando las oyes aullar?

—Retirad de una vez la piedra —dijo Tristan—. Ya se desprende.

Las palancas levantaron el pesado sillar. Era, como hemos dicho, el último refugio de la madre. Esta se abalanzó sobre él, intentó sujetarlo, arañó la piedra con las uñas, pero el bloque macizo, movido por seis hombres, se le escapó y fue deslizándose despacio hasta el suelo a lo largo de las palancas de hierro.

La madre, viendo el camino expedito, se echó atravesada delante de la abertura cerrando el paso con su cuerpo, retorciéndose los brazos, golpeando la losa con la cabeza y gritando con una voz ronca por el cansancio y apenas audible:


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