Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!
—Ahora, coged a la muchacha —ordenó Tristan con la misma impasibilidad que habÃa mostrado hasta entonces.
La madre miró a los soldados de un modo tan formidable que estos se sentÃan más inclinados a retroceder que a avanzar.
—¡Vamos! —repitió el preboste—. ¡Tú, Henriet Cousin!
Nadie dio un paso.
—¡Vive Cristo! —juró el preboste—. ¡Mis soldados, miedo de una mujer!
—Monseñor —dijo Henriet—, ¿llamáis a eso una mujer?
—¡Tiene la melena de un león! —dijo otro.
—¡Vamos! —repitió el preboste—. La abertura es bastante ancha. Entrad de tres en fondo como en la brecha de Pontoise. ¡Acabemos, por Mahoma! ¡Al primero que retroceda lo parto en dos!
Situados entre el preboste y la madre, ambos amenazadores, los soldados titubearon un momento antes de avanzar, resignados, hacia el Agujero de las Ratas.