Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Cuando la reclusa vio aquello, se incorporó bruscamente para ponerse de rodillas, se apartó el pelo de la cara y dejó caer sus manos huesudas sobre los muslos. Unas gruesas lágrimas brotaron una a una de sus ojos y se deslizaron por una arruga a lo largo de sus mejillas como un torrente por el lecho que él mismo ha abierto. Al mismo tiempo se puso a hablar, pero con una voz tan suplicante, tan dulce, tan sumisa y tan desgarradora que, alrededor de Tristan, más de un antiguo cómitre capaz de comer carne humana se enjugaba los ojos.