Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Alrededor de dos años o, más exactamente, dieciocho meses después de los acontecimientos que ponen fin a esta historia, cuando fueron a buscar al sótano de Montfaucon el cadáver de Olivier el Gamo, que había sido ahorcado dos días antes y a quien Carlos VIII concedía la gracia de ser enterrado en Saint-Laurent en mejor compañía, encontraron entre aquellas carcasas inmundas dos esqueletos, uno de los cuales estaba extrañamente abrazado al otro. Uno de esos dos esqueletos, que era de una mujer, todavía conservaba unos jirones de ropa de una tela que había sido blanca, y alrededor de su cuello se veía un collar de cuentas de acederaque con una bolsita de seda, adornada con abalorios verdes, que estaba abierta y vacía. Aquellos objetos tenían tan poco valor que sin duda el verdugo no los había querido. El otro esqueleto, que tenía a este estrechamente abrazado, era de hombre. Observaron que tenía la columna vertebral desviada, la cabeza hundida entre los omóplatos y una pierna más corta que la otra. No presentaba, por lo demás, rotura de vértebra en la nuca, y era evidente que no había sido ahorcado. Así pues, el hombre al que había pertenecido había ido expresamente allí, y allí había muerto. Cuando intentaron separarlo del esqueleto al que abrazaba, se convirtió en polvo.