Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Entre tanto, todos los mendigos, todos los lacayos y todos los cortabolsas, unidos a los estudiantes, habían ido en procesión a buscar en el armario de la curia la tiara de cartón y la ridícula sotana del papa de los locos. Quasimodo dejó que se las pusieran sin pestañear y con una especie de docilidad orgullosa. Después le hicieron sentarse en unas abigarradas andas. Doce oficiales de la cofradía de los locos las levantaron y se las cargaron sobre los hombros; y una suerte de alegría amarga y despreciativa apareció en la cara triste del cíclope al ver bajo sus pies deformes todas aquellas cabezas de hombres apuestos, erguidos y bien hechos. Después, la procesión vociferante y andrajosa se puso en marcha para hacer, siguiendo la costumbre, el recorrido interior por las galerías del palacio antes del paseo por calles y callejas.