Nuestra Señora de París

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6 Esmeralda [22]

Nos complace tener que informar a nuestros lectores de que durante toda esta escena Gringoire y su obra habían resistido. Los actores, espoleados por él, no habían dejado de recitar su texto y él no había dejado de escucharlo. Se había resignado al griterío y estaba decidido a llegar hasta el final, confiando en recuperar la atención del público. Ese destello de esperanza se reavivó al ver a Quasimodo, Coppenole y el cortejo ensordecedor del papa de los locos salir con gran estruendo de la sala. La muchedumbre se precipitó en tropel tras ellos. «Bueno —se dijo—, por fin se van todos los alborotadores.» Desgraciadamente, los alborotadores eran el público. En un abrir y cerrar de ojos, la Gran Sala se quedó vacía.

A decir verdad, todavía quedaban algunos espectadores, unos dispersos, otros agrupados alrededor de los pilares, mujeres, viejos o niños cansados de la batahola y del tumulto. Algunos estudiantes habían permanecido a caballo en el entablamento de las ventanas y miraban hacia la plaza.

«En fin —pensó Gringoire—, todavía quedan suficientes para escuchar el final del misterio. Son pocos, pero es un público selecto, un público culto.»


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