Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Al cabo de un instante, una sinfonÃa que debÃa producir un gran efecto a la llegada de la santÃsima Virgen no sonó. Gringoire se percató de que la procesión del papa de los locos se habÃa llevado su música.
—No importa, continuad —dijo estoicamente.
Se acercó a un grupo de burgueses que, según le pareció, hablaban de su obra. He aquà el fragmento de conversación que pilló al vuelo:
—¿Conocéis, maese Cheneteau, el palacete de Navarra, que era del señor de Nemours?
—SÃ, justo enfrente de la capilla de Braque.
—Pues bien, el fisco acaba de alquilárselo a Guillaume Alixandre, historiador, por seis libras y ocho sueldos parisienses al año.
—¡Cómo suben los alquileres!
«¡Bueno! —se dijo Gringoire, suspirando—, los demás sà que escuchan.»
—¡Compañeros! —gritó de pronto uno de los bribones de las ventanas—. ¡Esmeralda! ¡Esmeralda está en la plaza!
Esta palabra produjo un efecto mágico. Todos los que quedaban en la sala se precipitaron hacia las ventanas y se encaramaron a donde pudieron para ver, repitiendo: «¡Esmeralda! ¡Esmeralda!».
Al mismo tiempo, fuera se oÃa un estruendo de aplausos.