Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Qué quieren decir con eso de «Esmeralda»? —dijo Gringoire juntando las manos, desolado—. ¡Dios mÃo! Parece que ahora les toca el turno a las ventanas.
Se volvió hacia la mesa de mármol y vio que la representación se habÃa interrumpido. Era justo el momento en que Júpiter tenÃa que aparecer con el rayo; pero Júpiter permanecÃa inmóvil bajo el escenario.
—¡Michel Giborne! —gritó el poeta, irritado—. ¿Qué haces ah� ¿No te toca ahora a ti? ¡Pues sube!
—Es que un estudiante acaba de llevarse la escalera —dijo Júpiter.
Gringoire miró. El hecho no podÃa ser más cierto. Toda comunicación entre el nudo y el desenlace estaba cortada.
—¡El muy sinvergüenza! —murmuró—. ¿Y para qué ha cogido la escalera?
—Para ir a ver a Esmeralda —respondió, compungido, Júpiter—. Ha dicho: «¡Anda! ¡Aquà hay una escalera que no sirve para nada!», y se la ha llevado.
Era el golpe de gracia. Gringoire lo recibió con resignación.
—¡Que el diablo se os lleve! —dijo a los comediantes—. Y si me pagan, os pagaré.
Entonces se retiró, con la cabeza gacha pero el último de todos, como un general que ha luchado valientemente.
Y mientras bajaba las tortuosas escaleras del palacio, mascullaba entre dientes: