El jugador
El jugador Las risas y la euforia del salón del torneo parecían burlescas. Gurgeh estaba sentado frente a su tablero, sus manos inmóviles sobre la mesa, mientras su oponente, Kesh Ammor, hacía el movimiento final. Una ficha luminosa atravesó el tablero y se posó con fuerza, como una daga hundida en el corazón de su estrategia.
El tablero se apagó, dejando solo un eco frío en la sala. Había perdido.
Kesh, un jugador de mirada calculadora y sonrisa cruel, se inclinó hacia él. —Azad no es para soñadores —susurró—. Aquí no basta con jugar bien. Tienes que querer destruir.
Gurgeh no respondió. Su fracaso era un peso insoportable, no solo porque había perdido una partida, sino porque sabía que Kesh tenía razón. Había jugado con cautela, con precisión, pero sin la crueldad que Azad exigía.
La derrota resonaba más allá del tablero. Esa noche, en su alojamiento, Gurgeh sintió por primera vez el abismo que se abría ante él. Había llegado al Imperio creyendo que era un desafío intelectual, un juego en el que su habilidad lo elevaría. Pero Azad no era un juego; era una máquina despiadada, diseñada para exponer las debilidades humanas y devorar a los débiles.