El jugador
El jugador Vreila lo visitó al caer la noche. Entró sin anunciarse, su expresión más seria de lo habitual. —¿Cómo lo llevas? —preguntó mientras se sentaba frente a él. —He perdido. ¿Qué más quieres saber? —replicó Gurgeh, sin mirarla. —Quiero saber si vas a rendirte.
Gurgeh levantó la vista, sorprendido por la dureza de su tono. —¿Rendirme? No he llegado hasta aquí para eso. —Entonces aprende, Gurgeh. Azad no tiene lugar para moralistas. Si sigues jugando así, no llegarás más lejos.
—¿Y qué esperas que haga? ¿Que sea como ellos? —preguntó, señalando con desprecio las luces de la ciudad que brillaban más allá del ventanal. —Espero que seas lo que tengas que ser para ganar.
Las palabras de Vreila lo atormentaron toda la noche. Sentado frente al ventanal, con la mirada perdida en las luces del Imperio, Gurgeh se enfrentó a una verdad incómoda. Había llegado a Azad creyendo que podía jugar según sus reglas, que su habilidad lo haría sobresalir sin necesidad de comprometer sus principios. Pero ahora comprendía que eso era una ilusión.
El siguiente día, en el salón del torneo, la atmósfera había cambiado. Los otros jugadores lo miraban con algo que no había visto antes: satisfacción. La derrota lo había humanizado, lo había reducido a un nivel que ellos entendían.