Casa de Muñecas
Casa de Muñecas En el mundo inicial, y no tan inicial, de Ibsen, la mujer responde al patrón romántico de una figura idealizada. Es la esposa, la amante, la madre, la valquiria, la compañera del guerrero; necesaria y fructífera, como la tierra —necesaria, por servir de apoyo para que el varón actúe—. «Amar, sacrificarlo todo y ser olvidada, ésa fue mi historia», dice Ingebjorg en Los pretendientes a la corona, su segundo drama. No es hasta casi veinte años después, en La unión de la juventud, de 1869, cuando se oye el primer grito de rebeldía femenina: Selma, la joven esposa que se niega a compartir la ruina de su marido, a quien su padre se resiste a ayudar económicamente, exclama: «¡Qué mal me habéis tratado! ¡Qué indignos habéis sido todos! Siempre recibí, sin dar nunca. He sido la mendiga entre vosotros… Me habéis vestido como a una muñeca; habéis jugado conmigo como se juega con un niño». Frases que anticipan, casi exactamente, las protestas de Nora en el tercer acto de Casa de muñecas.
