En el amor y en la guerra (La catedral del mar 3)
En el amor y en la guerra (La catedral del mar 3) Gaspar Destorrent, su hermanastro, su enemigo de sangre, también está allÃ. Alto, esbelto, insolente. Gaspar, que una vez intentó asesinarlo por la herencia de su padre. Gaspar, que reniega del apellido Estanyol y se abraza al oro de los comerciantes.
Cuando Alfonso lo nombra conde de Accumoli, el mundo de Arnau se tambalea.
—¡Cobarde! ¡Renegado! ¡Canalla! —estalla frente a todos.
El grito de Arnau corta el aire como una cuchilla. El rey lo observa desde su trono dorado, impasible. Y en ese silencio que cae como una condena, le ordena:
—¡De rodillas!
El conde obedece, con la mandÃbula prieta y la dignidad en ruinas. Gaspar, con una sonrisa envenenada, se aleja rozándole el rostro con la túnica como si fuera una burla final. Arnau, ciego de ira, desenfunda la espada. Pero el rey ya está rodeado por su guardia. El escándalo se contiene por un hilo. Arnau retrocede. Humillado. Vencido sin una sola herida visible.
—¿Acaso no sabes que Gaspar financia las campañas del rey? —lo enfrenta luego Sofia.
Las palabras duelen más que las flechas francesas. Todo el sistema, todo por lo que ha luchado, está infectado por la corrupción del oro. Gaspar no solo es intocable: es necesario.