El hombre mediocre

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Se marchó a Europa, en jira de estudio y para asistir como representante de la Argentina al Congreso Internacional de Psicología que se celebró el año 1905 en Roma. Y aquí importa señalar otro rasgo revelador de su carácter: llevóse consigo y a sus expensas a Antonio Monteavaro, joven entrerriano amigo nuestro, en quien se cifraban las mayores esperanzas y que la muerte nos arrebato cruel y prematuramente. Su segundo viaje a Europa no se caracteriza por un simple detalle sentimental: obedeció enteramente a un dictado del corazón, a una batalla del alma en que ésta resultó victoriosa, y de la que no me es dado hablar. El tercero fue su orgullosa y vengadora retirada ante la injusticia. Después… pero ¿cómo sintetizar una vida tan llena como la de Ingenieros, el escéptico de la calle y los salones que era el hombre tierno en la blandura del hogar después de la ímproba labor de todos los días? No era, tampoco, mi objeto. Sólo deseaba decir que la vida nos separó precisamente cando podría habernos acercado más, cuando se hubiera dicho que comulgábamos juntos. Ingenieros, después de haber sorprendido a los sabios internacionales reunidos en Roma por su extraordinaria precocidad (algunos le preguntaron por «su señor padre, el sabio argentino», y a fe que era hijo de sus propias obras) y de enviar a La Nación correspondencias originales, no sin alguna paradoja, y a veces también de la más sólida doctrina, pasó naturalmente a París, la etapa magna de todo viaje intelectual al viejo mundo. Y allí me escribió esta carta, que he guardado preciosamente, como un documento luminoso:


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