El hombre mediocre
El hombre mediocre Pasan mis dÃas y mis semanas, lejos de la tierra, sin que las sensaciones y los panoramas nuevos, que al viajar desfilan ante mi con prisa walkiriana, puedan atenuar los cariños de ayer; quedan lejos en la distancia y en el tiempo, pero están cada vez más próximos en el corazón. Soy como una mariposa extraña; pasa el tiempo, mi juventud se agosta, mis alas se desarrollan, ensayo el vuelo, pero la luz no me embriaga ni me ciega. Mis sentimientos no siguen la metamorfosis; vivo y pienso cual mariposa, pero conservo intactos mis afectos de crisálida. En el estuche nuevo custodio celosamente el perfume de las comuniones viejas. Cuando me encierro a trabajar en mi bohardilla de un quinto piso, lejos del bulevar bullicioso y de los inciertos amigos nuevos, una penumbra me anubla el alma, sobreviene la hora de las ternuras ignoradas, la hora de los romanticismos solitarios que no avergüenzan. Tú me visitas en el recuerdo, cariñosamente, y contigo todos los buenos camaradas, lo Ãntimos de aquellas horas incomparables en que nos acicateaba la duda, los amigos del ensueño y de esperanza, armados para el abordaje de la vida y del éxito, ambiciosos de reputación, ebrios de espejismos, mendigos de gloria. Y aquÃ, solo, lejos también de mi madre, que podrÃa amenguar esta soledad sentimental que me asalta con frecuencia, suelo pensar en ustedes con ternura más honda cuanto más distante. Algunas veces lloro sin que nadie me vea. ¿Es una compensación por haber reÃdo mucho?