El hombre mediocre

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Yo, a pesar mío, nunca fui bohemio. Animal de labor e hijo de familia, por necesidad y por costumbre mis horas de café y mis noches de vagancia fueron contadas. Pero tenían ustedes un secreto imán, un irresistible tentáculo que me asía el corazón aún cuando me era imposible compartir las horas frágiles y las noches inquietas; siempre estaba mi espíritu junto a ustedes como un eco o una sombra: eco para los que me daban su cariño, sombra para los que me tejían la telaraña de su envidia. Y cuando yo podía robarme una noche o una hora, corría entre ustedes y estaba al unisono, como el más consuetudinario. Los tenía dentro de mí, en lo más mío de mí.

Causa me sobra, pues, para esta nostalgia. Sin contar con otras muchas que suelen asaltarme de improviso, nostalgias de amistad y de amor, de nuestro sol y de nuestro cielo, de los ruidos propiamente porteños, de las casas donde estudié tantos años, de las calles que recorría a diario, de todo lo que me atañía, loas y calumnias, estímulos y envidias, el inconfundible tañer de mi parroquia, el enfermo que en la sala del hospital me esperaba todas las mañanas con una sonrisa de esperanza, la chiquilla descalza que en la esquina solía venderme ramos de jazmines para mi madre o de rosas té para alguna novia.


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