El hombre mediocre
El hombre mediocre Nunca ha escuchado la Humanidad palabras más nobles que algunas de Tartufo; pero jamás un hombre ha producido acciones más disconformes con ellas. Sea cual fuere su rango social, en la privanza o en la proscripción, en la opulencia o en la miseria, el hipócrita está siempre dispuesto a adular a los poderosos y a engañar a los humildes, mintiendo a entrambos. El que se acostumbra a pronunciar palabras falsas, acaba por faltar a la propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad consigo mismo. Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición fundamental de la virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: «De siervos es mentir, de libres decir verdad». Por eso el hipócrita está predispuesto a adquirir sentimientos serviles. Es el lacayo de los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de amos, de todos los cómplices de su mediocridad.
El que miente es traidor: sus vÃctimas le escuchan suponiendo que dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al respeto a todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con mirar ojizaino persigue a los sinceros, creyéndolos sus enemigos naturales.
Aborrece la sinceridad. Dice que ella es la fuente de escándalo y anarquÃa, como si pudiera culparse a la escoba de que exista la suciedad.