El hombre mediocre
El hombre mediocre A veces resulta ingrato sin saberlo, por simple error de su contabilidad sentimental. Para evitar la ingratitud ajena sólo se le ocurre no hacer el bien: cumple su decisión sin esfuerzo, limitándose a practicar sus formas ostensibles, en la proporción que puede convenir a su sombra. Sus sentimientos son otros: el hipócrita sabe que puede seguir siendo honesto aunque practique el mal con disimulo y con desenfado la ingratitud.
La psicología de Tartufo sería incompleta si olvidáramos que coloca en lo más hermético de sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de pasiones inherentes a la condición humana. Frente al pudor instintivo, casto por definición, los hipócritas han organizado un pudor convencional, impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas efervescencias santifican la vida misma, eternizándola, les parece inconfesable, como si el contacto de dos bocas amantes fuera menos natural que el beso del sol cuando enciende las corolas de las flores.