El hombre mediocre
El hombre mediocre Mantienen oculto y misterioso todo lo concerniente al amor, como si el convertirlo en delito no acicateara la tentación de los castos; pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar invisiblemente las abyecciones más torpes. Se escandalizan de la pasión sin renunciar al vicio, limitándose a disfrazarlo o encubrirlo. Encuentran que el mal no está en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una moral para sà y otra para los demás, como esas casadas que presumen de honestas aunque tengan tres amantes y repudian a la doncella que ama a un solo hombre sin tener marido.
No tiene lÃmites esta escabrosa frontera de la hipocresÃa. Celosos catones de las costumbres, persiguen las más puras exhibiciones de belleza artÃstica. PondrÃan una hoja de parra en la mano de la Venus Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas para velar las más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento. Confunden la castÃsima armonÃa de la belleza plástica con la intención obscena que los asalta al contemplarla. No advierten que la perversidad está siempre en ellos, nunca en la obra de arte.
El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral.