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El hombre mediocre
El hombre mediocre La mediocridad moral es impotencia para la virtud la cobardÃa para el vicio. Si hay mentes que parecen maniquÃes articulados con rutinas, abundan corazones semejantes a mongolfieras infladas de prejuicios. El hombre honesto puede temer el crimen sin admirar la santidad: es incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado ásele el corazón, estrujándole en germen todo anhelo de perfeccionamiento futuro. Sus prejuicios son los documentos arqueológicos de la psicologÃa social: residuos de virtudes crepusculares, supervivencias de morales extinguidas.
Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas del hombre virtuoso: prefieren al honesto y lo encumbran como ejemplo. Hay en ello implÃcito un error, o mentira, que conviene disipar. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se puede ser honesto sin sentir un afán de perfección; sobra para ello con no ostentar el mal, lo que no basta para ser virtuoso. Entre el vicio, que es una acra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad.
La virtud eleva sobre la moral corriente: implica cierta aristocracia del corazón, propia del talento moral; el virtuoso se anticipa a alguna forma de perfección futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hábito.