El hombre mediocre
El hombre mediocre Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja. Esa distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de que él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es de crimen desembozado; sabe disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el delito penado por las leyes. En los otros, en cambio, toda perversidad brota a flor de piel, como una erupción pustulosa; son incapaces de sostenerse en la hipocresÃa, como los idiotas lo son de embalsarse en la rutina. Los honestos se esfuerzan por merecer el purgatorio; los delincuentes se han decidido por el infierno embistiendo sin escrúpulos ni remordimientos contra la armazón de prejuicios y leyes que la sociedad les opone.
Cada agregado humano cree que «la» verdadera moral es «su moral», olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame, vicioso, honesto o virtuoso, en el tiempo y en el espacio. Cada «moral» es una medida oportuna y convencional de los actos que constituyen la conducta humana; no tiene existencia esotérica, como no la tendrÃa la «sociedad» abstractamente considerada.