El hombre mediocre
El hombre mediocre La ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles de todo sentido moral, desarticulando los últimos prejuicios que los vinculan al solidario consocio de los mediocres. Viven adaptados a una moral aparte, con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los valores luminosos y escurriéndose entre las penumbras más densas; fermentan en el agitado aturdimiento de la grandes ciudades modernas, retoñan en todas las grietas del edificio social y conspiran sordamente contra su estabilidad, ajenos a las normase de conducta características del hombre mediocre, eminentemente conservador y disciplinado. La imaginación nos permite alinear sus torvas siluetas sobre un lejano horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos violentos de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de macabra legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia.
En esa pléyade anormal culminan los fronterizos del delito, cuya virulencia crece por su impunidad ante la ley.