El hombre mediocre
El hombre mediocre Hay, sin embargo, un progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos, que antes fueron virtudes, son juzgados más tarde como prejuicios. En cada momento histórico coexisten virtudes y prejuicios; el talento moral practica las primeras; la honestidad se aferra a los segundos. Los grandes virtuosos, cada uno a su modo, combaten por lo mismo, en la forma que su cultura y su temperamento les sugieren.
Aunque por distintos caminos. y partiendo de premisas racionales antagónicas, todos se proponen mejorar al hombre: son igualmente enemigos de los vicios de su tiempo.
Los virtuosos no igualan a los santos; la sociedad opone demasiados obstáculos a sus esfuerzos. Pensar la perfección no implica practicarla totalmente; basta el firme propósito de marchar hacia ella. Los que piensan como profetas pueden verse obligados a proceder como filisteos en muchos de sus actos. La virtud es una tensión real hacia lo que se concibe como perfección ideal.
El progreso ético es lento, pero seguro. La virtud arrastra y enseña; los honestos se resignan a imitar alguna parte de las excelencias que practican los virtuosos. Cuando se afirma que somos mejores que nuestros abuelos, .sólo quiere expresarse que lo somos ante nuestra moral contemporánea. Fuera más exacto decir que diferimos de ellos.