El hombre mediocre
El hombre mediocre El hombre vulgar envidia las fortunas y las posiciones burocráticas. Cree que ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los demás, partiendo de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre satisfacer sus vanidades más inmediatas; el destino burocrático le asigna un sitio en el escalafón del Estado y le prepara ulteriores jubilaciones. De ahà que el proletario envidie al burgués, sin renunciar a substituirlo; por eso mismo la escala del presupuesto es una jerarquÃa de envidias, perfectamente graduadas por las cifras de las prebendas.
El talento —en todas sus formas intelectuales y morales: como dignidad, como carácter, como energÃa— es el tesoro más envidiado entre los hombres. Hay en el doméstico un sórdido afán de nivelarlo todo, un obtuso horror a la individualización excesiva; perdona al portador de cualquier sombra moral, perdona la cobardÃa, el servilismo, la mentira, la hipocresÃa, la esterilidad, pero no perdona al que sale de las filas dando un paso adelante. Basta que el talento permita descollar en las ciencias, en las artes o en el amor, para que los mediocres se estremezcan de envidia. Asà se :forma en torno de cada astro una neuulosa grande o pequeña, camarilla de maldicientes o legión de difamadores: los envidiosos necesitan aunar esfuerzos contra su Ãdolo, de igual manera que para afear una belleza venusina aparecen por millares las pústulas de la viruela.