El hombre mediocre
El hombre mediocre El verdadero castigo de estos parásitos está en la muda sonrisa de los pensadores. El que critica a un alto espÃritu tiende la mano esperando una limosna de celebridad; basta ignorarle y dejarle con la mano tendida, negándole la notoriedad que le conferirÃa la réplica. El silencio del autor mata al postulante; su indiferencia lo asfixia. Algunas veces supone que le han tomado en cuenta y que se advierte su presencia: sueña que le han nombrado, aludido, refutado, injuriado. Pero todo es un simple sueño; debe resignarse a envidiar desde la penumbra, de donde no consigue que le saquen. El que tiene conciencia de su mérito, no se presta a inflar la vanidad del primer indigente que le sale al paso pretendiendo distraerle, obligándole a perder su tiempo; elige sus adversarios entre sus iguales, entre sus condignos. Los hombres superiores pueden inmortalizar con una palabra a sus lacayos o a sus sicarios.
Hay que evitar esa palabra; de algunos criticastros sólo tenemos noticias porque algún genio los honró con su puntapié.