El hombre mediocre
El hombre mediocre El verdadero mérito es desconcertado por la adulación: tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. Los grandes hombres dicen de sí, naturalmente, elogios que en labios ajenos los harían sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no merecer.
Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa con cabeza propia, o tiene un corazón altivo, se aparta del tremedal donde prosperan los envilecidos. «El hombre excelente —escribió La Bruyére— no puede adular; cree que su presencia importuna en las cortes, como si su virtud o su talento fuesen un reproche a los que gobiernan». Y de su apartamiento se aprovechan los que palidecen ante sus méritos como si existiera una perfecta compensación entre la ineptitud y el rango, entre las domesticidades y los avanzamientos.
De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y dice la verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni se subvierta, transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica: lo innoble es calificado con justeza; a fuerza de velar los nombres acabaría por perderse en los espíritus la noción de las cosas indignas. Los Tartufos, enemigos de toda luz estelar y de toda palabra sonora, persígnanse ante el herético que devuelve sus nombres a las cosas. Si dependiera de ellos la sociedad se transformaría en una cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese ningún clamor vehemente y cuya sombra no rasgara el resplandor de ningún astro.