El hombre mediocre
El hombre mediocre Todo idealista ha leído con lírica emoción las tres historias admirables que cuenta Vigny en su Stello imperecedero. Tener un ideal es crimen que vio perdonan las mediocracias. Muere Gilbert, muere Chatterton, muere Andrés Chenier. Los tres son asesinados por los Gobiernos, con arma distinta según los regímenes. El idealista es inmolado en los imperios absolutos lo mismo que en las monarquías constitucionales y en las repúblicas burguesas.
Quien vive para un ideal no puede servir a ninguna mediocracia.
Todo conspira en ella para que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen de su ruta; y ¡guay! cuando se apartan de ésta la pierden para siempre. Temen por eso la politiquería, sabiendo que es el Walhalla de los mediocres. En su red pueden caer prisioneros.
Pero cuando reina otro clima y el destino los lleva al poder, gobiernan contra los serviles y los rutinarios; rompen la monotonía de la historia. Sus enemigos lo saben; nunca un genio ha sido encumbrado por una mediocracia.
Llegan contra ella, a pesar suyo, a desmantelarla, cuando se prepara un porvenir.