El hombre mediocre

El hombre mediocre

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Eso basta para disputar a codo limpio el acaparamiento de las prebendas gubernamentales. Cada grey elabora ;u mentira, erigiéndola en dogma infalible. Los tunantes suman esfuerzos para enaltecer la prohombría de su fantasma: llamase lirismo a suineptitud, decoro a su vanidad, ponderación a su pereza, prudencia a su impotencia, distracción a sus vicios, liberalidad a su briba, sazón a su marchitez. La hora los favorece: las sombras se alargan cuanto más avanza el crepúsculo.

En cierto momento la ilusión ciega a muchos, acallando toda veraz disidencia.

La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro: nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en la vergüenza común.

De esas baraúndas salen a flote unos u otros arquetipos, aunque no siempre los menos inservibles.

Viven durante años en acecho; escúdanse en rencores políticos o en prestigios mundanos, echándolos como agraz en el ojo de los inexpertos. Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del poder, aspirando a cometerlos en beneficio propio. En la mala racha, los facciosos siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación al ayuno disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno, mansos bajo el torniquete. Se repiten la máxima de De Maistre: «Savoir attendre et le grand moyen de parvenir».[10]


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