El hombre mediocre
El hombre mediocre La paciente expectativa converge a la culminación de los menos inquietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con muñeca vigorosa, convirtiéndolos en comparsa que medra a su sombra; cuando les falta ese denominador absoluto, desorbítanse como asteroides de un sistema planetario cuyo sol se extingue. Todos se confabulan entonces en tácita transacción, prestando su hombro a los que pueden aguantar más alabanzas en justa equivalencia de méritos antiguos. El grupo los infla con solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una hebra de la telaraña tendida para captar el gobierno.
Compréndese la arrevesada selección de las facciones oligárquicas y el pomposo envanecimiento del mediocre que ellas consagran.
Sus encomiastas, empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa, intentan obstruir la verdad llamando romanticismo a su reiterada incompetencia para todas las empresas. Otros llaman orgullo a su vanidad e idealismo a su acidia; pero el tiempo disipa el equívoco, devolviendo su nombre a esos dos vicios arracimados en un mismo tronco: el orgullo es compatible con el idealismo, pero el primero es la síntesis de la vanidad y el segundo lo es de la acidia.