El hombre mediocre
El hombre mediocre El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las facciones. Para prevenirse de achaques indiscretos retráense de la circulación: como si de cerca no resistieran al cateo elle los curiosos.
Mantiénense ajenos a todo estremecimiento de raza. En ciertas horas las turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No podrÃa serlo; en las mediocracias desaparece. DirÃase que consiente porque no existe, substituido por cohortes que medran.
Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades espirituales inconfundibles con los partidos. No basta ser multitud para ser pueblo: no lo serÃa la unanimidad de los servilos.
El pueblo encarna la conciencia misma de los destinos futuros de una nación o de una raza. Aparece en los paÃses que un ideal convierte en naciones y reside en la convergencia moral de los que sienten la patria más alta que las oligarquÃas y las sectas. El pueblo —antÃtesis de todos los partidos— no se cuenta por números. Está donde un solo hombre no se complica en el abellacamiento común; frente a las huestes domesticadas o fanáticas ese único hombre libre, él solo, es todo: Pueblo y Nación y Raza y Humanidad.
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