El hombre mediocre
El hombre mediocre Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega a sus oídos un insulto o una loa, nunca se les dice «héroes» o «tiranos»; en la fantasía popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se repite: «¡el pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su trinomio psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.
Viven de aspavientos, que sólo atañen a las formas. La austera sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de las apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices, nublándose de humos y empavésanse de defatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es confesarse inferior a él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en trenes lujoso:, navegan en complicados bucentauros, sueñan con recepciones allende los océanos. Ofrecen ambos flancos a la risueña ironía ele los burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático cuadraría a personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo volteriano de Stendhal.