El hombre mediocre
El hombre mediocre En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso quiere ascender, hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por los demás. La ambición es bella entre todas las pasiones, mientras la vanidad no la envilece; por eso es respetable en los genios y ridÃcula en los tontos.
Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales y se fingen sus sostenedores; incurren en los más conformes a la moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, a veces, porque ella entra en todas partes, más sutil que la adulación; pero la mutilan, la atenúan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos que disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos; salta a la vista a pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas intenciones cuando menos fuerzas van teniendo para convertirlas en actos; la innata pavada se trasunta en sus parloteos puritanos.
Tórnase cómica la ineptitud en su disfraz de idealismo; son deleznables los vagos principios que aplican a compás de oportunistas conveniencias. El tiempo descubre a los que tienen la moral en piezas, para mostrarla, aunque de su paño jamás corten un traje para cubrir su mediocridad.