El hombre mediocre
El hombre mediocre Como a Midas el divino Apolo, los dignes castigan a los sin vergüenza con la perennidad de su palabra; pueden equivocarse, porque es humano; pero si dicen la verdad ella dura en el tiempo. Ésa es su espada; rara vez la sacan, pues pronto se gasta un arma que se desenvaina con frecuencia: si lo hacen, va recta al corazón, como la del romance famoso.
Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad de la punta que toca al amo.
Para ser completos, son sensibles a todos los fanatismos. Los más rezan con los mismos labios que usan para mentir, como Tartufo; inseguros de arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, desearían postergarla para el cielo. Si en su poder estuviera, cortarían la lengua a los sofistas y las manos a los escritores; cerrarían las bibliotecas para que en ellas no conspirasen ingenios originales. Prefieren la adulación del ignorante al consejo sabio. Subyacen a todos los dogmas. Si coroneles, usan escapulario en vez de espada; si políticos, consultan la Monita para interpretar las Magnas Cartas de las naciones. Bajo su imperio la hipocresía —más funesta que la desvergüenza misma— tórnase sistema.