El hombre mediocre
El hombre mediocre La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: una página de crónica dura más que un rosal. Nadie pregunta si los crucificadores de Cristo, los ustores de Bruno y los burladores de Colón fueron bribones o reblandecidos. Su condena es la misma e ilevantable. La justicia es el respeto del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada generación hay diez o veinte espíritus privilegiados, y su genio consiste en fomentarlos todos; un Panza los excluye de su ínsula, usando solamente a los que se domestican, es decir, a los peores como carácter y moralidad. Siempre son injustos los que escuchan al servil sin interrogar al digno. Nunca piden favor los que merecen justicia. Ni lo aceptan. Encuentran natural que los pravos prefieran a sus similares; es exacto que «la torpeza del burgués, mortificado por la natural soberbia de la superioridad, busca consagrar a su igual, cuyo acceso le es fácil y en cuya psicología encuentra los medios de ser satisfecho y comprendido». Hora llega en que las injusticias de los gobernadores se pagan con foridables intereses compuestos, irremisiblemente. Hechas a uno solo, amenazan a todos los mejores; dejarlas impunes significa hacerse su cómplice. Pronto o tarde se saldan sus trabacuentas, aunque sus errores no se finiquiten jamás; los arquetipos de las mediocracias aprenden en carne propia que por un clavo se pierde una herradura.