El hombre mediocre
El hombre mediocre Un pensador eminente glosó esta verdad: la mediocracia no tolera las excepciones ilustres. Si el genio es un soliloquio magnÃfico, una voz de la naturaleza en que habla toda una nación o una raza, ¿no es un privilegio excesivo —se pregunta— que uno ahueque la voz en nombre de todos? La democracia reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos y no aducen derechos divinos. Lo que antes fue Verbo en el genio, tórnase ahora palabra y es distribuida entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que uno solo. La civilización parece concurrir a ese lento y progresivo destierro del hombre extraordinario, ensanchando e iluminando las medianÃas. Cuando los más no sabÃan pensar, era justo que uno lo hiciese por todos: facultad expuesta a peligrosos excesos. Pero el hombre providencial va siendo innecesario a medida que los más piensan y quieren. «En tanta difusión de la soberanÃa: ¿qué necesidad hay de grandes epopeyas pensadas, realizadas o escritas? Ésa parece, transitoriamente, la fórmula del nivelamiento, y podrÃa traducirse asÃ: en la medida en que se difunde el régimen democrático restrÃngese la función de los hombres superiores.