El hombre mediocre
El hombre mediocre Una concesión podrÃa hacerse. Los paÃses sin castas aristocráticas son más propicios a la mediocrización; en ellos se constituyen oligarquÃas de advenedizos, que tienen todos los defectos y las presunciones de la nobleza, sin poseer sus cualidades. En su improvisación fáltales la mentalidad del gran señor, compuesta por atributos que fincan en una cultura de siglos: hay, sin duda, gentes de calidad y hombres que tienen clase, como los caballos de carrera. Son más esquivos al rebajamiento.
En sus prejuicios la dignidad puede tener más parte que en los del advenedizo. Es una diferencia que los preserva de muchos envilecimientos. ¿Es preferible obedecer a castas que tienen la rutina del mando o a pandillas minadas por hábitos de servidumbre?
El privilegio tradicional de la sangre irrita a los demócratas y el privilegio numérico del voto repugna a los aristócratas. La cuna dorada no da aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La peor manera de combatir la mentira democrática serÃa aceptar la mentira aristocrática; en los dos casos trátase de idénticas ineptitudes con distinta escarapela.
Las masas inferiores —que podrÃan ser el «pueblo»— y los hombres excelentes de cada sociedad —que son la «aristocracia natural»— suelen permanecer ajenos a su estrategia.