El hombre mediocre
El hombre mediocre Entre los demócratas embalumados de igualdad caben audaces lacayos que pretenden suplantar a sus amos con la ayuda de turbas fanatizadas; entre los aristócratas enmohecidos de tradición caben vanidosos que ansían reducir a sus sirvientes con la ayuda de los hombres de mérito. La historia se repite siempre: las masas y los idealistas son víctimas propiciatorias en esas disputas entre señores feudales y burgueses de levita.
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La degeneración mediocrática, que caracteriza Faguet como un «culto de la incompetencia», no depende del régimen político, sino del clima moral de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas; nunca por reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios beneficiarios. En vano son ensayadas por los tontos o simuladas por los bribones: las leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una resultante concreta de la moral.
La apasionada protesta de los idealistas puede ser un grito de alarma, lanzado en la sombra; pero el ensueño de enaltecer una democracia resulta ilusorio en las épocas de domesticidad moral y de hartazgo. Las facciones prefieren escuchar el falso idealismo de sus fetiches envejecidos, como si en viejos odres pudiera contenerse el vino nuevo.