El hombre mediocre
El hombre mediocre Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes más aptas convergen a guiar los comunes destinos de la nación. No es prerrogativa de los ingenios más agudos, como querrÃan algunos, en cuyo oÃdo resuena como un eco esa «aristocracia intelectual», que fue la quimera de Renán. En la aristocracia del mérito corresponde tanta parte a la virtud y al carácter como a la misma inteligencia; de otro modo serÃa incompleta y su esfuerzo ineficaz.
Un régimen donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas las cosas, serÃa perfecto. ExcluirÃa cualquier influencia numérica u oligarquÃa. No habrÃa intereses creados. El voto anónimo tendrÃa tan exiguo valor como el blasón fortuito. Los hombres se esforzarÃan por ser cada vez más desiguales entre sÃ, prefiriendo cualquier originalidad creadora a la más tradicional de las rutinas.
SerÃa posible la selección natural y los méritos de cada uno aprovecharÃan a la sociedad entera. El agradecimiento de los menos útiles estimularÃa a los favorecidos por la naturaleza. Las sombras respetarÃan a los hombres. El privilegio se medirÃa por la eficacia de las aptitudes y se perderÃa con ellas.
Transparente es, pues, el credo que en polÃtica podrÃa sugerirnos el idealismo fundado en la experiencia.